lunes 18 de agosto de 2008

La desesperación

Me gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar,
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y sólo las centellas la tierra iluminar.

Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar,
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.

Me alegra ver la bomba
caer mansa del cielo,
e inmóvil en el suelo,
sin mecha al parecer,
y luego embravecida
que estalla y que se agita
y rayos mil vomita
y muertos por doquier. Que el trueno me despierte
con su ronco estampido,
y al mundo adormecido
le haga estremecer,
que rayos cada instante
caigan sobre él sin cuento,
que se hunda el firmamento
me agrada mucho ver.

La llama de un incendio
que corra devorando
y muertos apilando
quisiera yo encender;
tostarse allí un anciano,
volverse todo tea,
y oír como chirrea
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Me gusta una campiña
de nieve tapizada,
de flores despojada,
sin fruto, sin verdor,
ni pájaros que canten,
ni sol haya que alumbre
y sólo se vislumbre
la muerte en derredor.

Allá, en sombrío monte,
solar desmantelado,
me place en sumo grado
la luna al reflejar,
moverse las veletas
con áspero chirrido
igual al alarido
que anuncia el expirar.

Me gusta que al Averno
lleven a los mortales
y allí todos los males
les hagan padecer;
les abran las entrañas,
les rasguen los tendones,
rompan los corazones
sin de ayes caso hacer.

Insólita avenida
que inunda fértil vega,
de cumbre en cumbre llega,
y arrasa por doquier;
se lleva los ganados
y las vides sin pausa,
y estragos miles causa,
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Las voces y las risas,
el juego, las botellas,
en torno de las bellas
alegres apurar;
y en sus lascivas bocas,
con voluptuoso halago,
un beso a cada trago
alegres estampar.

Romper después las copas,
los platos, las barajas,
y abiertas las navajas,
buscando el corazón;
oír luego los brindis
mezclados con quejidos
que lanzan los heridos
en llanto y confusión.

Me alegra oír al uno
pedir a voces vino,
mientras que su vecino
se cae en un rincón;
y que otros ya borrachos,
en trino desusado,
cantan al dios vendado
impúdica canción.

Me agradan las queridas
tendidas en los lechos,
sin chales en los pechos
y flojo el cinturón,
mostrando sus encantos,
sin orden el cabello,
al aire el muslo bello...
¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!


J. de Espronceda

domingo 26 de agosto de 2007

Pero no hemos de seguir los consejos de algunos que dicen que, siendo hombres, debemos pensar sólo humanamente y, siendo mortales, ocuparnos sólo de las cosas mortales, sino que debemos, en la medida de lo posible, divinizarnos y hacer todo esfuerzo para vivir de acuerdo con lo más excelente que hay en nosotros; pues, aun cuando esta parte sea pequeña en volumen, sobrepasa a todas las otras en poder y dignidad.

(Aristóteles, Ética a Nicómaco, X, 1177b30-1178a5)



sábado 25 de agosto de 2007

Cultura, tradición, espíritu

viernes 24 de agosto de 2007

Estoicismo

Ni actúes contra tu voluntad, ni de manera insociable, ni sin reflexión, ni arrastrado en sentidos opuestos. Con la afectación del léxico no trates de decorar tu pensamiento. Ni seas extremadamente locuaz, ni polifacético. Más aún, sea el dios que en ti reside protector y guía de un hombre venerable, ciudadano, romano y jefe que a sí mismo se ha asignado su puesto, cual sería un hombre que aguarda la llamada para dejar la vida, bien desprovisto de ataduras, sin tener necesidad de juramento ni tampoco de persona alguna en calidad de testigo. Habite en ti la serenidad, la ausencia de necesidad de ayuda externa y de la tranquilidad que procuran otros. Conviene, por consiguiente, mantenerse recto, no enderezado.

(Marco Aurelio, Meditaciones, III, 5)

jueves 23 de agosto de 2007

El diablo mundo


Sobre una mesa de pintado pino


melancólica luz lanza un quinqué,


y un cuarto ni lujoso ni mezquino


a su reflejo pálido se ve.


Suenan las doce en el reloj vecino 5

y el libro cierra que anhelante lé


un hombre ya caduco, y cuenta atento


de cansado reloj el golpe lento.


Carga después sobre la diestra mano


la ya rugosa y abrumada frente, 10

y un pensamiento fúnebre, tirano,


fija y domina, al parecer, su mente.


Borrarlo intenta en su ansiedad en vano;


vuelve a leer, y en tanto, que obediente


se somete su vista a su porfía 15

lánzase a otra región su fantasía.


«¡Todo es mentira y vanidad, locura!»


Con sonrisa sarcástica exclamó;


y en la silla tomando otra postura,


de golpe el libro y con desdén cerró. 20

Lóbrega tempestad su frente oscura


en remolinos densos anubló;


y los áridos ojos quemó luego


una sangrienta lágrima de fuego.


«¡Ay!, para siempre, dijo, la ufanía. 25

¡Pasó ya de la hermosa juventud,


la música del alma y melodía,


los sueños de entusiasmo y de virtud...!


Pasaron, ¡ay!, las horas de alegría.


Y abre su seno hambriento el ataúd, 30

y único porvenir, sola esperanza.


La muerte, a pasos de gigante avanza.


»¿Qué es el hombre? Un misterio. ¿Qué es la vida?


¡Un misterio también...! Corren los años


su rápida carrera, y escondida 35

la vejez llega envuelta en sus engaños.


Vano es llorar la juventud perdida,


vano buscar remedio a nuestros daños.


Un sueño es lo presente de un momento,


¡muerte es el porvenir, lo que fue, un cuento...! 40

»Los siglos a los siglos se atropellan,


los hombres a los hombres se suceden,


en la vejez sus cálculos se estrellan,


su pompa y glorias a la muerte ceden.


La luz que sus espíritus destellan 45

muere en la niebla que vencer no pueden,


¡y es la historia del hombre y su locura


una estrecha y hedionda sepultura!


»¡Oh!, si el hombre tal vez lograr pudiera


ser para siempre joven e inmortal, 50

y de la vida el sol le sonriera


¡eterno de la vida el manantial!


¡Oh!, como entonces venturoso fuera.


Roto un cristal, alzarse otro cristal


de ilusiones sin fin contemplaría, 55

claro y eterno sol de un bello día.


»Necio, dirán, tu espíritu altanero.


¿Dónde te arrastra, que insensato quiere


en un mundo infeliz, perecedero,


vivir eterno mientras todo muere? 60

¿Qué hay inmortal, ni aun firme y duradero?


¿Qué hay que la edad con su rigor no altere?


¿No lo ves que todo es humo, y polvo y viento?


¡Loco es tu afán, inútil tu lamento...!»


Todos más de una vez hemos pensado 65

como el honrado viejo en este punto;


y mucho nuestros frailes han hablado,


y Séneca y Platón sobre el asunto.


Yo, por no ser prolijo ni cansado


(que ya impaciente a mi lector barrunto) 70

diré que al cabo, de pensar rendido,


tendióse el viejo y se quedó dormido.


Tal vez será debilidad humana


irse a dormir a lo mejor del cuento,


y cortado dejar para mañana 75

el hilo que anudaba el pensamiento.


Dicen que el sueño del olvido mana


blando licor que calma el sentimiento,


mas ¡ay!, que a veces fijo en una idea,


¡bárbaro en nuestro llanto se recrea! 80

Quedóse en su profundo sueño, y luego


una visión. -¡Visión!, frunciendo el labio,


oigo que clama, de despecho ciego,


un crítico feroz. -¡Perdona, oh sabio!


Sabio sublime, espérame, te ruego; 85

y yo te juro por mi honor, ¡oh Fabio...!


Si no es Fabio tu nombre, en este instante


a dártelo me obliga el consonante;


juro que escribo para darte gusto


a ti solo, y al mundo entero enojo, 90

un libro en que a Aristóteles me ajusto


como se ajusta la pupila al ojo.


Mis reflexiones sobre el hombre justo


que sirve a su razón, nunca a su antojo,


publicaré después para que el mundo 95

mejor se vuelva, ¡oh crítico profundo!


Que yo bien sé que el mundo no adelanta


un paso más en su inmortal carrera,


cuando algún escritor, como yo, canta


lo primero que le salta en su mollera, 100

pero no es eso lo que más me espanta,


ni lo que acaso espantará a cualquiera


terco escribo en mi loco desvarío


sin ton ni son, y para gusto mío.


La zozobra de alma enamorada, 105

la dulce vaguedad del sentimiento,


la esperanza de nubes rodeada,


de la memoria el dolorido acento,


los sueños de la mente arrebatada,


la fábrica del mundo y su portento, 110

sin regla ni compás canta mi lira.


¡Sólo mi ardiente corazón me inspira!


Y a la extraña visión volviendo ahora


que al triste viejo apareció en su sueño


(que algunas veces cuando el alma llora, 115

la muerte en consolarnos pone empeño,


y bienes y delirios atesora


que hacen más duro, al despertar, el ceño


de la suerte fatal que en esta vida


nos persigue con alma empedernida), 120

es fama que soñó... Y he aquí una prueba


de que nunca el espíritu reposa,


y esto otra vez a digresar me lleva


de la historia del viejo milagrosa;


y a nadie asombre que a afirmar me atreva 125

que siendo al alma la materia odiosa,


aquí para vivir en santa calma,


o sobra la materia, o sobra el alma.


Quiere aquélla el descanso, y en el lodo


nos hunde perezosa y encenaga; 130

esta presume adivinarlo todo,


y en la región del infinito vaga.


Flojo, torpe, a traspiés como un beodo


que con sueños su mente el vino estraga,


la materia al espíritu obedece 135

hasta que, yerta al fin, cede y fallece.


Llaman pensar así, filosofía,


y al que piensa, filósofo, y ya siento


haberme dedicado a la poesía


con tan raro y profundo entendimiento. 140

Yo con erudición ¡cuánto sabría...!


Mas vuelta a la visión y vuelta al cuento.


Aunque ahora, que un sastre es esprit fort,


no hay ya visión que nos inspire horror.


Más me valiera el campo lisonjero 145

correr de la política, y revista


pasar con tanto sabio y financiero,


bibliógrafo, letrado y alquimista,


orador, diplomático, guerrero,


filósofo, erudito y periodista. 150

¡Que honran el siglo; espléndidos varones,


dicha no, pero honor de las naciones!

(Espronceda, El diablo mundo, canto primero)

miércoles 22 de agosto de 2007

Si alguna vez alguien se permite un asesinato, muy pronto comienza a pensar que el robo es poca cosa; y de robar lo que sigue es beber e incumplir con el día sabático, y de ahí, a comportarse como un maleducado y a dejar todo para más tarde.

(T. de Quincey, Del asesinato considerado como una de las bellas artes)

martes 21 de agosto de 2007

Costumbres de los ahogados

Hemos tenido ocasión de entablar relaciones bastantes íntimas con estos interesantes borrachos perdidos del acuatismo. Según nuestras observaciones, un ahogado no es un hombre fallecido por submersión, contra lo que tiende a acreditar la opinión común. Es un ser aparte, de hábitos especiales y que se adaptaría a las mil maravillas a su medio si se lo dejase residir un tiempo razonable. Es notable que se conserven mejor en el agua que expuestos al aire. Sus costumbres son extrañas y, aunque ellos gustan desempeñarse en el mismo elemento que los peces, son diametralmente opuestas a la de éstos, si se permite expresarnos así. En efecto, mientras los peces, como es sabido, navegan remontando la corriente, es decir en el sentido que exige más de sus energías, las víctimas de la funesta pasión del acuatismo se abandonan a la corriente del agua como si hubieran perdido toda energía, en una perezosa indolencia. Su actividad sólo se manifiesta por medio de movimientos de cabeza, reverencias, zalemas, medias vueltas y otros gestos corteses que dirigen con afecto a los hombres terrestres. En nuestra opinión, estas demostraciones no tienen ningún alcance sociológico: sólo hay que ver en ellas las convulsiones inconscientes de un borracho o el juego de un animal.

El ahogado señala su presencia, como la anguila, por la aparición de burbujas en la superficie del agua. Se los captura con arpones, lo mismo que a las anguilas; el uso de garlitos o líneas de fondo resulta a este efecto menos provechoso.

En cuanto a las burbujas, se puede caer en el error por la gesticulación desconsiderada de un simple ser humano que sólo se halla en el estado de ahogado provisorio. En este caso, el ser humano no es en extremo peligroso y en todo comparable como lo hemos dicho más arriba, a un borracho perdido. La filantropía y la prudencia exigen distinguir dos fases en su salvamento: 1) la exhortación a la calma; 2) el salvamento propiamente dicho. La primera operación, imprescindible, se efectúa muy bien por medio de un arma de fuego, pero hay que estar familiarizado con las leyes de la refracción; en la mayoría de los casos, basta con un golpe de remo. Sólo queda - segunda fase - capturar al objeto por el mismo método que a un ahogado ordinario.

Es raro que los ahogados se desplacen formando bancos, a la manera de los peces. De ello se puede inferir que sus ciencias sociales son aún embrionarias, a menos que se juzgue más simple suponer que su combatividad y valor guerrero es inferior al de los peces. Es por ello que éstos se comen a aquellos.

Estamos en condición de probar que hay un solo punto en común entre los ahogados y los demás animales acuáticos; desovan como los peces, aunque sus órganos reproductores, para el observador superficial, parezcan conformados como los de los humanos. Desovan, a pesar de esta grave objeción: ninguna ordenanza de la prefectura protege su reproducción por la veda momentánea de su pesca.

Corrientemente, un ahogado se vende a 25 francos en el mercado de la mayoría de los departamentos, constituyendo una fructífera y honesta fuente de recursos para la población ribereña. Sería pues de interés patriótico fomentar su reproducción; de lo contrario, a falta de esa medida, sería grave la tentación, para el ciudadano ribereño y pobre, de fabricar ahogados artificiales, igualmente merecedores de la prima, por medio del maquillaje por vía húmeda de otros ciudadanos vivos.

El ahogado macho, en la estación del desove, que dura casi todo el año, se pasea en su desovadora, descendiendo como de costumbre la corriente, la cabeza hacia adelante, la cintura levantada, las manos, los órganos de desove y los pies meneándose sobre el agua. Permanece de buen grado balanceándose entre las hierbas. Su hembra también desciende la corriente, con la cabeza y las piernas volcadas hacia atrás y el vientre al aire.

Así es la vida.

(Alfred Jarry)